12 oct. 2014

Relato "LA ESFINGE EN PARÍS" de la obra EL RETRATO DE LA ESFINGE. Por Javier C. Borrego Aparicio



RELATO “LA ESFINGE EN PARÍS”.-

                                                                         


Era una tarde de finales de septiembre de un año cualquiera, y parecía que el verano se resistía a abandonar la capital francesa. La temperatura era más que agradable, y los tenues rayos de sol se filtraban por doquier, creando un fascinante espectáculo de luces y colores. Era un atardecer tornasolado, de esos que embriagan y, más aún, si te encuentras en una ciudad como París. Una de las únicas urbes, junto con Florencia, por supuesto, en la que no es improbable sufrir el síndrome de Stendhal. Minutos antes, había paseado por la orilla izquierda del río Seine, contemplando los puestos de «les bouquinistes», vendedores de libros usados y de ocasión. Algunos ejemplares me parecieron bastante interesantes, pero, por un motivo que aún desconozco, me decanté por un ejemplar de “La importancia de llamarse Ernesto” de mi muy venerado Oscar Wilde. No se trataba ni mucho menos de una edición lo suficientemente antigua como para tener un valor más allá del literario, pero algo en él me hizo sentir la imperiosa necesidad de poseerlo. El libro, aunque bien encuadernado, había perdido el brillo original. El color amarillo de la pasta lucía un tanto anodino, apagado, mortecino. Pagué el precio que me indicó el vendedor, y puse rumbo hacia mi Café favorito de aquel barrio. Saint Germain era un barrio peculiar, con una atmósfera única, mágica, difícil de describir, imposible de explicar. Una suerte de memoria bohemia mezclada con miles de recuerdos anotados en bocetos de novelas y decorada por la trivialidad del turismo exprés.
Tomé asiento en la única silla libre de la terraza exterior del Café, que, como siempre, estaba abarrotado de turistas cansados que habían sido arrastrados hasta allí por las guías turísticas de bolsillo que lo describían como el Café del Existencialismo. Pero de aquello, poco o nada quedaba. Se trataba del Café de Flore en el 172 del boulevard de St. Germain, otrora núcleo de las tertulias filosóficas y literarias de celebridades como Jean-Paul Sartre, Albert Camus o Simone de Beauvoir.
A mí, lo que verdaderamente me atraía de aquel lugar era el placer mundano de saborear la dulce porción de tarta de chocolate de la casa, mientras apuraba un café con leche y, después, por qué no, fumarme un cigarro al mismo tiempo que leía algún libro. O, simplemente, me abandonaba en mis pensamientos, asistiendo silencioso al devenir de la ciudad parisina.
Tras saborear la porción de tarta, abrí aquel ejemplar de “La importancia de llamarse Ernesto”. Se trataba de una edición en alemán de 1986: “Bunbury oder Ernst sein ist wichtig”, y en la segunda página, donde se encontraba la lista de los personajes que intervienen en la obra y donde se precisaba en qué lugares se desarrollaban cada uno de los tres actos, encontré un nombre escrito a bolígrafo, con una caligrafía serena, tranquila, elegante:     JULIE.
Por instinto, cerré el libro y di un lento sorbo a mi café. Recordé un peculiar detalle: no muy lejos de allí, en el antiguo Hôtel d´Alsace, murió Wilde. Me encontraba a escasos metros del lugar donde falleció el autor del libro que tenía en mis manos.
JULIE... «¿Quién será esta tal Julie? ¿Seguirá viva? Si es así, ¿cuántos años tendrá en estos momentos?», me pregunté. Aquel nombre, como flor de lis prometida, me suscitaba la inocente ambición de querer cumplir todos y cada uno de los sueños de infancia. Aquellos sueños que fui relegando a un segundo plano en pos de otros quehaceres inherentes a la edad y al paso del Tiempo. Y, cuando parecía que aquel tema baladí monopolizaría mis pensamientos en aquella tarde agradable, oí pronunciar mi nombre en un perfecto español.
Giré mi cabeza, y mis ojos se encontraron con el rostro de mi amigo Diego.
No nos veíamos desde hacía años, desde aquellos años, dispersos y nocturnos, de universidad. De manera que fue una inesperada y grata sorpresa. Nos fundimos en un cálido abrazo.
¿Qué haces en París? ―pregunté, sin saber que eso, y no otra cosa, era el quid de la cuestión.
Una mujer ―respondió, mientras soltaba una leve sonrisa―. Una mujer, como no podía ser de otra manera. Una atractiva desconocida que ha alterado mi vida... de tal manera que he dejado atrás esposa, trabajo y hogar.
―¡Joder! ¡Qué me dices! ―exclamé, bastante asombrado―. Bueno, esas cosas pasan. No eres el primero ni serás el último que decide abandonar todo por la savia fresca de un nuevo amor. Como dijo alguien: «Mujer siempre anda por medio.» Es completamente natural. Aún somos jóvenes. La juventud y el deseo son amistades peligrosas. Y citando a Schopenhauer: «Son los sentimientos, y no las ideas, los que impulsan al hombre en sus acciones.» ―expuse, dándole una palmada en el hombro, mostrándole mi afecto y comprensión.
―¡Pero...! ―exclamó mi amigo con sus ojos puestos en el libro que tenía entre mis manos― ¡No puede ser cierto! No te lo vas a creer... pero ese libro, hasta ayer, era mío.
―¿Cómo dices? ―pregunté con incrédula mirada. No me lo podía creer, pues ¿cuántas posibilidades había de que aquello fuera cierto?
―De verdad... No es broma. Te lo prometo. Y, en cierto modo, creo que es ese libro el que me ha guiado hasta aquí. Todo lo que ha acontecido en mi vida desde que ese libro cayó en mis manos me ha llevado a la perdición. Por eso, ayer al pasear por una de las aceras de les bouquinistes, se lo entregué a uno de esos vendedores de libros usados. Quería deshacerme de él y de su maleficio.
―¿De su maleficio? Creo que estás exagerando...
―No exagero, y te recomiendo que hagas lo mismo. Te aconsejo que te libres de él. ¿Has leído ya el nombre de mujer escrito en la segunda página?
―¿Julie?
―Sí. Julie... Fue ella quien me lo regaló. Ella...
―Es curioso, pero mi mujer se llama... ―mi amigo me interrumpió, hablando en un tono de voz tembloroso, impidiéndome terminar aquella frase. Se le veía verdaderamente afectado.
Nunca olvidaré el día que la conocí. Nunca olvidaré las primeras miradas, las primeras palabras... ―su rostro era la muestra elocuente del desasosiego que sentía.

Después apuré mi café de un trago y dejé diez euros bajo el platito de la taza. Comenzamos a andar, perdiéndonos por las callejuelas de Saint Germain, hasta llegar a un bar. Allí, acompañados por una -casi imperceptible- banda de jazz, empezamos a beber una cerveza tras otra.
Diego había sido siempre un líder natural, parecía que los años no pasaban por él. Aún así, había algo diferente en su mirada, algo distinto en su expresión, en su semblante... Había algo muy distinto en él, pero, a la vez, muy familiar en mí. Tenía en sus ojos cierta tristeza melancólica, que sólo se alcanza cuando la pasión de un amor sucumbe al dolor.
―¡Julie! ―exclamó con un suspiro entrecortado―. Bien, te contaré cómo sucedió todo.

En ese momento, como si estuviera marcando los tiempos en una partida de ajedrez, hizo un gesto al camarero, quien, en un par de minutos, se presentó con otras dos cervezas. Parecía que necesitaba desinhibirse con el alcohol para proseguir con su relato. Era como un zahir que buscaba agua. Era como un zahir que hacía aguas y se precipitaba a su propio naufragio.
―Pues todo sucedió en Viena, una gris y lluviosa tarde de marzo. Estaba en Austria por motivos labores. Se trataba de una visita comercial bastante importante. Estábamos a punto de firmar un sustancioso contrato de seis cifras. Y después de aquella reunión, para relajarme, decidí pasear. La lluvía me sorprendió en medio de una interminable y estrecha calle, y, por extraño que parezca, acabé en el interior de una tienda de antigüedades. Se trataba del único local abierto a mi alrededor. A mí me daba igual, pues sólo quería resguardarme de la lluvía. Quizás... fuese el Azar. O, quizás..., simplemente, en la vida todo está escrito y se trataba del Destino. Pero allí, con la mirada más intensa que he visto en mi vida, estaba ella.
―¡Joder! No sabes cuánto me está intrigando esta historia. Por favor, continúa y no me dejes en ascuas ―acoté brevemente. Para ser sinceros, la intriga en la historia iba in-crescendo, y aquello me encantaba.
Con un leve pestañeo... ya estaba perdido, en sus manos, atrapado en una invisible tela de araña. Pasó por mi lado, me sonrió y, cuando se disponía a abandonar la tienda, un libro, este libro ―alzó con ímpetu el libro de Wilde―, se le cayó de su bolso. Yo me agaché a recogerlo, se lo entregué y nos presentamos. Por suerte y para mi sorpresa, ella hablaba español. Así... fue cómo nos conocimos. Le propuse tomarnos un café, y ella aceptó. Hablamos durante horas. Y cuando la noche se cernía sobre la ciudad vienesa, tras decenas de sutiles insinuaciones, me ofrecí a acompañarla hasta su hotel. En el bar del hotel, nos tomamos unas copas. Mi cuerpo tenía hambre del suyo, y el alcohol hizo el resto. Una cosa llevó a otra, y acabamos entregándonos al mundo desnudo de los deseos ―mi amigo hizo una pausa, sacó de su bolsillo su teléfono móvil y me mostró una fotografía de su “desconocida amante”.
―Pues... sí, es muy hermosa ―respondí, a un mismo tiempo, sorprendido y aturdido―. Yo también perdería la cabeza por ella. Pero... todo esto, dime, se trata de una broma, ¿no? ―pregunté, intuyendo que la respuesta era obvia al ver el rostro, sincero y compungido, de mi amigo.
―Dime, ¿qué te inspiran sus ojos? ―me preguntó, sin levantar la mirada de la fotografía.
―No sé qué responderte... ―titubeé por unos instantes―. Quizás... placer, misterio, engaños, secretos, verdades a medias.
―Bien, por dónde iba. ¡Ah, sí! Durante la noche, después de hacer el amor, me contó algunas cosas de su vida, como por ejemplo que era de padre francés y de madre española, o que tras terminar sus estudios de bachillerato, se trasladó a París, donde cursó la Universidad y, posteriormente, comenzó a trabajar en una editorial literaria de cierto prestigio.
―Sin duda alguna, una mujer intrigante. Una de esas personas que ha vivido más de una vida. De eso, estoy seguro.
―Así es, ella... guardaba un secreto. ¡Ojalá no la hubiera conocido! ―gritó, al mismo tiempo que golpeaba la mesa con furia―. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ―se preguntaba entre sollozos―. Ella ha dejado mi vida como un volcán que ofrece cenizas ajenas...
―Tranquilo... Sigue contándome, te ayudará a desahogarte. Y, por curiosidad, ¿en qué editorial trabaja? ―pregunté, sabiendo la respuesta. En esos momentos, era yo el que me sentía traicionado, engañado, pero quería esperar hasta el final de su relato... para saber a qué atenerme.
Julie Melmoth, que ese es su nombre completo, trabaja como analista literaria en Ediciones Montparnasse. Es la responsable de descubrir nuevos talentos en ciernes.
―Con el apellido que tiene... no me extraña que esté relacionada con el mundo de las letras. ¿Conoces algo sobre Sebastian Melmoth[1]? ―mi amigo, con un leve gesto de cabeza, dejó a las claras que aquel nombre no le sonaba lo más mínimo.
―Aquella noche fue un sueño hecho realidad. Aunque, como todo sueño, ha tornado en pesadilla. Al día siguiente, comenzó mi mala suerte.
―¿Qué es lo que sucedió al día siguiente? ―pregunté, más irritado que curioso.
―Pues que, al despertar, estaba solo. Completamente solo en la habitación de aquel céntrico hotel. En la mesita de noche, había una nota suya y el libro de Wilde. En la nota, escuetamente, me decía que le había encantado conocerme y que, quizás, algún día nos volveríamos a encontrar. Por lo visto, tenía mucha prisa, ya que iba directa al aeropuerto. Entonces, abrí el libro y vi que en él había escrito su nombre. Era el recuerdo que me quedaría de ella. En cierto modo, gracias a ese libro nos conocimos. Pero, a pesar de la decepción de despertar sin su presencia, fue una noche inolvidable. Mientras dormía, yo la contemplaba en silencio, y parecía una Mona Lisa de ojos cerrados y boca entreabierta, de expresión misteriosa, cuan sonrisa de Esfinge azul.
―Y ¿qué ocurrió después?
―Pues reaccioné de la única manera que mi sensata insensatez me permitió. Regresé a Sevilla, le confesé todo a mi mujer, y, bueno, ya sabes... Imagínate cómo reaccionó. Llamé al trabajo, solicitando una semana libre, y puse rumbo a París. Lo que iban a ser unos días, se han convertido en dos semanas. Me han llamado del trabajo para comunicarme mi despido inmediato, y, ahora, que estoy sin un euro, he decidido volver a casa.
―Pero, al menos, la encontraste, ¿no? ―pregunté, sin saber muy bien si quería o no saber la respuesta.
―No fue tan fácil. Desde que llegué a París, todo ha sido un completo desastre. Al parecer, Julie no cogió un vuelo directo a París, sino que desde allí viajó a Niza para pasar unos días en casa de unos amigos. Esta información me la proporcionó una de las secretarias de su editorial.
―Y después, ¿os visteis?
―Unos días después, en su trabajo, me volvieron a dar malas noticias: «Julie se ha marchado a la presentación de una nueva novela en Lyon, y estará allí, al menos, tres días.» La buena noticia es que me facilitaron la dirección de su apartamento, pues les aseguré que yo era un pariente suyo, que había venido desde el sur de España para darle una sorpresa. Curiosamente, el hostal donde me hospedaba no quedaba lejos de su apartamento. Y como no tenía nada mejor que hacer, como cualquier turista, me dediqué a descubrir la ciudad. ¡Qué ciudad! Los días se precipitaron, uno tras otros, como los veranos de la infancia, hasta el día de su regreso. Al parecer... no le hizo mucha gracia verme aquí, pues en su rostro percibí un gesto de desaprobación. Me hizo sentir como “un Don Nadie” después de tantas tribulaciones. Supuse que tendría pareja, pero ella me lo negó. Después de un agrio reencuentro, me invitó a acceder a su apartamento.
―Y ¿qué sucedió? ―pregunté con voz árida y firme.
Pues... volvimos a hacer el amor. A renglón seguido, me rogó que regresara a Sevilla. Me aseguró que, después de arreglar unos asuntos, nos reencontraríamos allí. Con sus palabras... me embaucó. La verdad es que yo la creí... Me dirigí a mi hostal, recogí mis cosas y, cuando estaba a punto de tomar el taxi hacia el aeropuerto, vi a Julie pasar por la acera de enfrente, caminaba muy rápido, como alma que lleva el diablo. Decidí ir tras sus pasos. Estuve tras sus huellas, hasta que repentinamente se detuvo frente a un edificio de unas cuatro plantas, el número 65 de la rue D’ Avignon.
―Sí... Conozco bastante bien esa dirección... Incluso, de memoria ―puntualicé.
―Ella llamó al portero electrónico y, tras unos breves segundos, entró. Unas dos horas después, bajó acompañada de un hombre. No le vi el rostro, sólo pude observar su figura. Juntos se marcharon abrazados. Desenmascaré su secreto. Me di cuenta de su infamia y, sobre todo, de mi ingenuidad y de los errores que había cometido. Pero, aún así, la sigo deseando. Aunque soy consciente de que la distancia es el mejor remedio para olvidar. Debo poner tierra de por medio. Todo se acaba diluyendo en la memoria. Por eso, ayer... tomé una determinación: mañana regreso a Sevilla ―hizo una pausa, y dio un largo buche de su cerveza hasta apurarla. Tenía que tener la garganta seca de tanto hablar. Y, con semblante avergonzado, continuó―. Lo siento si he sido muy pesado con mis problemas, pero necesitaba desahogarme y contar a alguien todas las vicisitudes que me han acontecido. Ha sido una grata sorpresa encontrarte el último día en París. Si hubiera sabido que vivías aquí... todo hubiera sido muy diferente...
¡Sí! Te aseguro que sí. Ciertamente sí. Y no te culpes por seguir deseándola. Incomprensiblemente, el ser humano tiene la terrible necesidad de sentirse querido por sus enemigos. Es una ley natural.
Y, bueno, cuéntame, ¿qué haces en París? ―antes de que yo pudiera responder, volvió a retomar aquella historia que había trastocado su vida por completo―. ¿Quién será ese hombre? Me muero de ganas por saberlo. ¿Será su marido?
Pues... yo... ―solté una carcajada a medias, cargada de dolor e ironía―. En fin, aunque te cueste creerlo, resolveré todas tus dudas.
Y ¿cómo podrías hacer eso?
De la manera más sencilla y, a la vez, más inverosímil. Hace dos años comencé una relación con ―decidí desvelarle la verdad sin más rodeos―... una joven llamada Julie, que trabaja en una editorial literaria y, desde entonces, residimos aquí, en Paris... Diego, lo que estoy intentando explicarte es que mi novia es la misma Julie de la que me has hablado toda la noche. Y que yo... era aquel hombre que ayer caminaba junto a ella. Por lo demás, estoy bien. No me puedo quejar, ¿no crees?...
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Tras aquella experiencia, desafortunada e inverosímil, comprobé que la verdadera esencia de la vida es la causalidad. Todo tiene una causa, un porqué. El Tiempo es breve y el mundo, muy pequeño. Todos, a excepción de nadie, guardamos secretos. Pero, antes o después, todo queda al descubierto. Escenas de la vida privada. Habitantes de un minúsculo planeta. La realidad a menudo se escapa de nuestro entendimiento. Nada sabemos. Absolutamente nada. Y nos hacemos preguntas, que otros más torpes intentan responder. El porqué no se responde con certeza, sólo es duda que se acentúa. Como dijo Oscar Wilde: «A veces, podemos pasarnos años sin vivir en absoluto y, de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante.» No hay que dejar pasar de largo las señales que, a diario, el Destino nos ofrece.
París. Allí ocurrió todo, en París. Transcurría la tarde apaciblemente. Una tarde de septiembre. Mientras disfrutaba del sabor dulce de la tarta de chocolate del “Café de Flore”, en el boulevard de St. Germain. Recuerdo aquel libro de Wilde, y recuerdo también el nombre de mujer que encontré escrito en su interior... Y la recuerdo a Ella: morena, silenciosa, enigmática, como una esfinge, como la Mona Lisa, cobijando un secreto etéreo, infinito e impreciso. Y este suceso lo recuerdo como si hubiera sido real…, si no fuera porque nunca he estado en París, si no fuera porque no conozco a ninguna mujer llamada Julie.
Pero lo más curioso y desconcertante es… que mis manos, en este precioso momento, están acariciando una fotografía de esa francesa desconocida, de ojos azules, a la que jamás he visto, pero de la que me siento curiosamente próximo, muy cercano, conectado a través de redes invisibles. ¿Puede existir el Tiempo sin el Espacio, y/o viceversa?
A veces, ocurren extraños episodios en nuestras vidas. Un amor minúsculo para algunos. Para otros, un mayúsculo enigma. No sé quién será Ella... Y, aunque me haga daño, tengo la absoluta necesidad de encontrarla, y eso... es precisamente lo que he decidido hacer:                  Buscarla.
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[1] Fue el pseudónimo que utilizó Oscar Wilde en sus últimos años de vida en la ciudad parisina.