12 oct. 2014

RELATO “LA LIEBRE DE ALBRECHT DÜRER”.- POR JAVIER BORREGO APARICIO. EL RETRATO DE LA ESFINGE. 2014



RELATO “LA LIEBRE DE ALBRECHT DÜRER”.-

                                                                           Viena, enero 2014.
―Se ha metido usted solita en la boca del lobo. No creo que pueda salir indemne de esta situación. Prepárese para lo peor.
En la sala de interrogatorios, los ojos azules de Lini temblaron cuando el abogado le confirmó las agoreras previsiones para la resolución de su caso. No lograba entender por qué se había visto involucrada en aquella trama tan turbia como desconcertante. Lo único que tenía claro es que ella era una víctima inocente en toda aquella historia digna de un guión de Agatha Christie.
―Mi nombre es Alexander Brezinka y soy el Director General del Museo Albertina ―se presentó aquel hombre de edad incierta y ademanes elegantes que acababa de entrar en la sala, extendiendo su mano a la joven.
―Este señor está aquí para ayudarnos, señorita ―terció el abogado defensor―. La Galería Albertina no quiere hacer “un circo” de este desagradable incidente. Por eso, han decidido no presentar cargos contra usted. Pero, a cambio, tendrá que colaborar y confesar quién elaboró el plan y qué le llevó a formar parte de la trama. Quieren saber el nombre del cerebro de la operación.
―Sé que ya ha hablado con varios agentes de policía, que ha sufrido varias horas de interrogatorio, pero sería de gran ayuda si nos aclarase todo lo ocurrido.
―Ojalá pudiera..., pero en esta historia estoy tan perdida como vosotros. Soy inocente, de verdad. Todo debe tratarse de un malentendido. Es como una pesadilla.
―Entonces, me está usted intentando decir que sólo estuvo en el lugar equivocado en el momento inoportuno. Lo siento pero no le creo. Las imagenes de los vídeos de seguridad dicen lo contrario. Se ve perfectamente que usted tuvo algo que ver en el robo del conejo.
―¿Del conejo? ―preguntó confusa la joven.
―Sí, eso he dicho. Usted colaboró en el robo del dibujo a acuarela titulado “La liebre”[1], obra del genial Durero. ¿Sabe en cuántos millones está valorada esa obra de arte?
―¿Qué hizo cuando descubrió el cadáver del Señor Koller? ―preguntó el abogado, tratando de aclarar uno de los puntos más espinosos.
Lini tragó saliva. Sus manos temblaban. Sabía que el Señor Koller había sido un hombre muy poderoso y bien relacionado en las altas esferas del gobierno austriaco.
―No lo recuerdo bien. Pero supongo que... simplemente... me agaché para tomarle el pulso, para comprobar si aún respiraba.
―Pero en uno de los vídeos de seguridad se puede observar cómo saca usted algo de uno de los bolsillos del Señor Koller. Era una especie de documento. ¿De qué se trataba? ―intentó indagar el Director del Museo.
―No lo recuerdo. Lo siento. Todo está difuminado en mi memoria como un sueño denso. Tan sólo recuerdo que mi amigo y yo fuimos invitados a disfrutar de una visita nocturna guiada en el museo.
―¿Qué amigo? ¡Diga su nombre! ―inquirió bruscamente el Señor Brezinka.
―No creo que eso sea importante. Mi amigo es tan inocente como yo.
―Eso lo decidiremos nosotros... ¡Diga su nombre! ―gritó el Director del Museo que empezaba a perder los nervios. Había mucho en juego. “La liebre” de Durero se trataba de la obra más valiosa del Museo Albertina.
―Lo siento, pero no. No puedo ni quiero involucrar a alguien a quien tengo tanto afecto.

Alexander Brezinka se levantó visiblemente enfadado, con los puños cerrados. Frunció el ceño y sus labios se curvaron hacia abajo en una mueca de desprecio.
―Si eso es lo que has decidido, que así sea... Te pudrirás en la cárcel ―tras esa amenaza, avanzó con grandes zancadas hacia la puerta, y salió hecho una furia. Cerró la puerta con tal ímpetu que las paredes de la sala de interrogatorios temblaron y con ellas, Lini.
―Creo que comete un error, señorita. Debería ser consciente de la gravedad de su situación. ¿De verdad quiere desperciar toda su juventud confinada en una prisión por un robo que no ha cometido? ―intentó el abogado defensor hacerla entrar en razón.

Horas después, se encontraba en su celda provisional, completamente sola y asustada. Intentó recordar todos y cada uno de los detalles del día en cuestión. Estaba segura de que algo se le pasaba por alto. Pero ¿cuál era aquel detalle crucial que no lograba recordar? Y lo que no dejaba de preguntarse era... ¿en dónde estaría su amigo? ¿Qué le habría pasado? ¿Por qué no había dado señales de vida y había ido a auxiliarla, exculpándola de toda acusación?
En ese mismo instante, cayó en la cuenta de que, misteriosamente, no lograba recordar el nombre de su amigo, tampoco su rostro... Todo era muy extraño, verdaderamente confuso.
«¿Me estaré volviendo loca? ¿Por qué no consigo recordar nada ni a nadie?», se preguntó a sí misma, llena de dudas y con un miedo jamás antes conocido.

Al día siguiente, de nuevo en la sala de interrogatorios, intentó convencer a su abogado de su supuesta amnesia. Había olvidado completamente todo lo referente a la noche del robo. Le explicó que, sin un motivo coherente, había olvidado incluso el nombre de su amigo.
―Señorita, permíteme que le diga que no deseo perder el tiempo. Sé que está usted mintiendo. En los vídeos de seguridad se observa claramente cómo usted se dirige visiblemente agitada hacia el dibujo de Durero, aunque al parecer sólo lo contempla, pues no hace nada más, y luego se encamina hacia el cadáver del Señor Koller. No había nadie más, señorita. Ningún “amigo”. Nadie más. Por su bien, dígame dónde está el dibujo.
―Pero ¿y si me han tendido una trampa? ¿Y si yo tan sólo he sido un señuelo?
―No sé qué pensar... Será mejor que intente recordar todo lo que pueda y contar la verdad, solamente la verdad.
.-.-.

«Despierta. Lini, despierta...», le susurró una voz.
Al despertar, empapada de sudor, en aquella habitación que no conocía, iluminada de un blanco deslumbrante y aparentemente sola, intentó incorporarse, pero no pudo. Apenas tenía fuerzas, y en su brazo izquierdo tenía conectada una vía. Supuso que sería suero. Pero, ¿qué le había ocurrido?
Su madre se acercó y la intentó tranquilizar acariciándole los cabellos. Ella la reconoció al instante y se sintió más aliviada. ¿Quién no se siente más tranquilo al reconocer el rostro materno en tiempos inciertos de miedo y soledad?
―Cariño, ya ha pasado todo. Has tenido un accidente con el coche, pero afortunadamente no te ha sucedido nada grave. Esta noche parece que has tenido una pesadilla. Has estado moviéndote toda la noche en la cama, muy agitada, incluso temblando.

De improviso, un conejo saltó encima de la cama y se situó a los pies de Lini. Ella se asustó. Aquel conejo le miraba con las orejas tiesas y puntiagudas, moviendo los bigotes de un modo burlesco. Lini se estremeció. Era el mismo conejo del dibujo con el que había soñado: la misma pose, el mismo color marrón, las orejas, los ojos...
―¡Ese es el conejo de Durero! ―gritó sofocada.
―Tranquila, cariño. Es sólo Sheldon, tu conejo. ¿Acaso no lo recuerdas?

En ese momento, llamaron a la puerta de la habitación y entró un joven de unos treinta años, de cabellos oscuros y mirada sincera.
―Buenos días, me alegro de que estés mejor ―dijo el joven dirigiéndose a Lini, quien no lo reconoció y miró a su madre buscando una respuesta de sus labios.
―Querida, éste es el chico al que has salvado la vida...
―En verdad soy el culpable de tu accidente ―confesó el joven.
―No digas eso... Todo fue un accidente. Querida, ibas circulando por Hanuschgasse, cerca del Museo Albertina, y este chico cruzó sin mirar y tú, para no atropellarle, giraste bruscamente el volante y colisionaste contra el semáforo. Ahora... os dejo a solas, creo que alguien quiere ofrecer sus más sinceras disculpas ―dijo la madre, acariciando los mechones rubios de su hija, antes de salir de la habitación.

―Así que tú eres el culpable de todo esto, ¿no? ―preguntó la joven con un tono leve.
―Sí. Lo siento de corazón ―dijo mientras se acercaba a ella y se sentaba en la cama―. Fui un imprudente. Pero te aseguro que no volverá a suceder. He aprendido la lección. Por suerte... no te ha ocurrido nada grave ―en ese instante el conejo que, hasta entonces, había permanecido estático, con un movimiento ágil se situó en el regazo del joven―. ¡Hey, mira lo que tenemos aquí! ¿Te gustan los conejos?
―Sí... Aunque después de la pesadilla de esta noche, no sé qué responderte.
―¿Sabes...? Se parece mucho a la liebre dibujada por Durero.
―¿Cómo? ¿Qué has dicho? ¡Repítelo, por favor!
―Perdona, pero es que soy estudiante de Bellas Artes y, últimamente, acudo al Museo Albertina para realizar unos bocetos del dibujo de Durero. ¿No conoces “La liebre” de Durero? Es una acuarela peculiar, considerada la joya del Albertina. Un día deberíamos ir juntos... El director de mi proyecto, el Señor Koller, nos puede conseguir invitaciones para una guía privada. Así, te podría mostrar un par de dibujos y grabados que encuentro fascinantes.
―¿Al Albertina? ¿Durero? Pero... ―balbuceó agitada.
―Bueno, si te he ofendido, te pido disculpas. Ya sé que no es muy común que el causante de un accidente invite salir a la “víctima”, pero es que desde que ocurrió el accidente no he dejado de pensar, ni un sólo segundo, en tus ojos. En ellos inscribiría las iniciales del Universo.
―Hoy he soñado contigo... ―dijo la joven con una voz cómplice.
―¿Cómo puede ser eso posible? ―aquellas palabras de la joven le habían hecho vibrar como un rayo de luna en medio del océano―. Hay que tener cuidado con los sueños... A veces, se acaban cumpliendo. El silencio de un sueño es un silencio lleno de secretos.
―De un modo que aún no puedo explicar, sé que vas a robar el dibujo de Durero... Y sé que yo, de un modo u otro, te ayudaré.
―No sé qué decir...
―Tan sólo prométeme que estarás allí cuando te necesite, y que siempre, siempre, podré contar contigo.
―Te doy mi palabra. ¿Sabes...? Ahora mismo, a tu lado, siento la presencia de algo que no se ve, pero que me empuja a estar cerca de ti.
―Tranquilo, tengo la corazonada de que haremos este viaje juntos. Sólo una pregunta, ¿por qué ese dibujo?
―¿Has oído alguna vez hablar de “El mapa de todos los sueños”?
―No. Nunca.
―Se encuentra al dorso del dibujo. Pero para poder contemplarlo hay que diluir el dibujo en una mezcla de aceites y esencias. Durero no sólo fue un pintor magnífico, también fue un alquimista. Y descubrió el modo de orientarse en el incierto mundo de los sueños. Sólo necesitaba encontrar un buen escondite para que aquel secreto no cayera en malas manos... y ¿dónde mejor que a la vista de todo el mundo, detrás de un insignificante grabado de un inocente animalito?
―Ahora, sólo me falta saber tu nombre... ―dijo Lini, acariciando cada una de las palabras.
―Si has soñado conmigo, deberías saberlo. En los sueños... están siempre todas las respuestas...
.-.-.


[1] “Feldhase” es su título original en alemán, firmado por el propio Durero en 1502.