7 dic. 2013

Poesías seleccionadas de la obra poética LA ESTIRIA. Por Javier C. Borrego Aparicio


    FRONTERAS.-

Si rompiésemos el silencio...
Si los idiomas no fuesen barreras...
Si las fronteras sólo fuesen tus besos...
Si rompiésemos el silencio...
lleno de palabras calladas
y silentes pensamientos.
Si doblegásemos al Tiempo...
Si rompiésemos el silencio... 

Si los idiomas no fuesen barreras...
Si las fronteras sólo fuesen tus besos...



EL INSTANTE.- 

Contemplé la escena en silencio.
Un silencio de palabras ahogadas
y caricias enmarañadas.
Contemplé la escena con inquietud.
Inquietud nacida por la incomprensión
de la existencia y su porqué.

Y, aún así,
deseaba, cosa extraña,
que todo fuese -para siempre-
como era en ese mismo instante,
aunque el viento silbase
con infinito indolente.

¿Fue en aquel instante…
cuando comprendí que la Culpa
es la madre del castigo?
¿Fue en ese mismo momento…
cuando no pude evitar que la altura
empequeñeciera mis sentidos?

¿Fue en aquel instante…
cuando sentí que en mi cabeza
crecía sin mi permiso
el miedo
como rumor ajeno,
como grito insolente?

Y ese miedo no era más que… la Vida.
¡La Vida y su percepción!.
Y, la primera vez que se siente,
dan ganas de correr y no mirar atrás.

Y ese miedo no era más que… la Vida.
Creada por las manos de un alquimista
que contempla imágenes eternas,
como El Bosco en el jardín de sus delicias.

Y ese vaivén sinuoso y delirante del Azar,
que me acaricia,
no es más que la búsqueda
necesaria e incierta
para sentir el misterio del “Ahora”,
de los años maduros.



  • BAUDELAIRE.-

     
  • Todavía me queda la palabra “todavía”.
    Todavía no he dicho lo que sentía.
    Todavía queda la esencia
    de las flores enfermizas,
    de beldades e inocencias,
    de escritos subversivos,
    de “Fa sostenido grave” en Nôtre Dame,
    y de manos que huelen a estrellas.
    Todavía me queda “el Dios dirá”.
    Todavía no he anclado en ningún lugar.
    Todavía quedan las esfinges 
    de tierras ignotas.
    Todavía queda el taciturno
    lejano de cobre.
    Todavía queda ese mar de cenizas
    tedioso, indolente, cadencioso, inocente,
    tras la hoguera de la Vanidad.
    Todavía queda ese reloj crepuscular
    que nos hace desear la huida del mundo trivial.
    Todavía nos queda la muerte…,
    conclusión final
    de esta obra superflua.
     


  • LA NADA LLENA DE TODO.-

  • No había nada.
    Nada.
    Sólo quietud.
    Indiferencia, ausencia de estímulo, lasitud…
    Los ojos estaban ciegos,
    los oídos extranjeros
    y mis manos no esperaban
     ni milagros ni remedios.
    No había nada. 
    Nada. 
    Sólo quietud.
    Atonía del instante absoluto:
    “Serás amada… mientras dure el deseo y la juventud”./
     


  • EL REFLEJO.-

     
  • Vengo de un funeral,
    y no es el mío…, todavía.
    Vengo del funeral de mi amigo Olvido,
    que llegó a olvidarse de sí mismo.
    Quedo como pingüino sin bufanda,
    que sin estilo anda,
    y que se ríe de sí mismo
    frente al espejo del olvido.
    Y sintiéndome verdugo, 
    y no juez de paz,
    condeno con el dedo anular
    a la imagen reflejada en el cristal.
    “De tu nada…yo, 
    de mi nada…tú,
    y -el nosotros- es él, 
    vosotros siempre,
    y el día, en que me diluya,
    seguirá siendo -aún-.”